Una mujer mulata en una hacienda de Portugal. (Párrafo de EL VIENTO SOPLA DEL NORTE)

Parrafo del libro EL VIENTO SOPLA DEL NORTE.

 

…Su madre, doña Dulce, que estaba como un flan, la buscó por toda la hacienda, enfadadísima. Había servido a su señora durante dieciséis años, y nunca se le había escapado ninguno de sus ocho hijos, y ahora, perdía a la suya.

Horas más tarde, el enfado pasó a pavor, y ya no solo la buscaba su madre, si no su padre y sus hermanos, que ya habían regresado del colegio o del trabajo. Ya por la tarde, y a punto de ponerse el sol, todos los empleados de la finca la buscaban, el pánico en sus ojos, pues todos querían a la niña, todos la habían visto nacer y crecer, todos amaban esos ojos de azabache y esos dientecillos de blancura insuperable, que destacaba con el tostado de su piel. Además, todos habían reído contagiados por su risa.

Don Gregorio, a punto de enloquecer, llamó a la guardia nacional republicana, que se presentó en la finca, con sus trajes verdes flamantes y se pusieron a buscar con linternas en los pozos, en las zanjas y en otros lugares peligrosos de los alrededores.

La madre, doña Dulce con los ojos rojos e hinchados, no había probado bocado en todo el día. El disgusto y la falta de alimento habían hundido sus mejillas y sus ojos tenían una mirada cadavérica. Entraba y salía de la casa, subía y bajaba las escaleras, llamándola con desesperación y entre jadeos, mirando y remirando una y otra vez las habitaciones que ya había recorrido mil veces durante el día. Parecía un alma en pena recorriendo la casa ya a oscuras, llamando a la niña con un hilo de voz, pues se había quedado ronca de tanto llamarla a gritos y de tanto llorar. Arrastraba los pies y se agarraba a las paredes para no caerse, y aunque su marido, criadas, hijos y demás personas de la hacienda, le habían dicho que se tumbara un rato y descansara, ella parecía no escuchar a nadie, pasaba de largo, y se desasía de las manos que pretendían sujetarla.

Y en medio de todo este alboroto, oyeron el galopar de un caballo en la lejanía y el ruido de un carro. Todos se temieron lo peor. Un hombre venía voceando, pero sus palabras eran ininteligibles. Cuando la madre lo oyó se desplomó aterrada en una butaca, y no parpadeó hasta que fue visible que era el carro del lechero, instante en que se levantó y sacando fuerzas de flaqueza, echó a correr hacia él. Otros habían hecho lo mismo.

Todos corrieron hacia él, pero el miedo los envolvía: sabían que podría ser portador de noticias, pero no sabían si serían buenas o malas…

-Victoria Suéver-

Texto publicado en la página web de Luis Caamaño “Fragmentos de libros”

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