El valor del tiempo Confinamiento y cerrazón

Confinamiento y cerrazón

“Se nos cayeron los anillos y las pulseras, porque para andar por casa no necesitábamos el tintineo de los metales ni los brillos de reclamos personales, que muchas veces nos definen, aunque no nos refinen. Ya podíamos ir mirando para otros rincones y poniendo nuestros oídos en sitios que no nos infectaran. Desde que comenzó el confinamiento dejamos el reloj de volante, porque el controlador del tiempo se nos había hecho peligroso y podría encapricharse en coger lo que no teníamos. Los relojes de pila ya estaban acostumbrados y engolosinados con seguir marcándonos el tiempo, pero se podían mostrar igual de traidores. Desde entonces nos hicimos los desentendidos de las horas y recuperamos el tiempo. Hasta la memoria se nos quedó ausente y ya veremos cuándo volvemos a ponernos al día y hora, cuando tengamos que volver a hacer de nuevo las cuentas.
El confinamiento nos ha puesto límites (fines) de espacios, pero nos ha regalado el “tiempo abierto” a los que estamos libres de obligaciones sociales y laborables imprescindibles. Nos ha estrechado y acotado los espacios, pero nos ha abierto en canal todas las horas para que tengamos a mano lo que siempre decíamos que nos faltaba: tiempo. Mira por donde, ahora se nos ha descubierto y, ¿quién sabe si por bien de todos?, que somos más temporales que lugareños, aunque nuestro sitio soñado hubiera sido el universo y hasta el metaverso. Hemos recuperado nuestro edén del tiempo, del que fuimos arrojados por nuestras malas cabezas y ahora nos hemos enterado de que fuera del tiempo no hay nada que merezca ocupar nuestros ausentes y, antaño, secuaces ojos.
Es verdad que el tiempo, parafraseando el decálogo que aprendimos, nos va haciendo mayores en “edad, saber y gobierno”, sobre todo, para nuestro bien, es decir, para bien de todos los humanos, porque no debemos desdeñar la sabiduría que nos legaron ni la que por nuestro esfuerzo y total dedicación podemos desentrañar y compartir con los demás a partir de ahora.
El confinamiento nos ha reducido el lugar a su mínima expresión, pero nos ha mostrado “el tiempo abierto” en sus verdaderas dimensiones. Nunca pensamos, por muchas máquinas del tiempo que concebimos, que un virus insignificante nos marcaría la verdadera significación del tiempo. Nunca se nos ofreció tanto tiempo para que nos dedicáramos a prestar atención al tiempo y poder comprobar que está preñado de posibilidades. Es el tiempo quien nos las da a luz y nosotros los que podemos celebrar este tamaño advenimiento. El “tiempo abierto” nos abre nuestras mentes a otras latitudes y longitudes del pensamiento, que quizá en otros momentos nos habían resultado totalmente exóticas, porque con tanta prisa nos habíamos pasado de largo y no precisamente con nuestras largas y anchas entendederas. “Dar tiempo al tiempo” puede ser nuestro bienestar.
Precisamente ha sido el confinamiento el que nos ha hecho caer a muchos en que nuestro pensamiento puede volar, puede cambiar de aires, puede aprovechar las termas para planear suspendido y, con poco esfuerzo, ganar en perspectiva. Podemos considerar que el mundo y tantos lugares se nos vuelven pequeños y que son ellos los que nunca pueden levantar ninguna clase de vuelo. Es más, solo nosotros podemos sobreponernos a nuestras peligrosas y traidoras costumbres.
Lo que nunca nos debería permitir este encierro, que nos ha sobrevenido, es que nos anclemos en el puerto de la cerrazón, nada amable, por supuesto. Hemos visto que los barcos están atracados y que hasta los delfines se ponen a jugar en sus propias narices. ¿A qué hemos estado jugando nosotros?
La cerrazón nos ha hecho no poder levantar el vuelo, como si al homo faber nunca le hubieran crecido las alas. La cerrazón nos ha hecho calcular en demasía, pero no nos ha permitido jugar lo suficiente en el terrario de nuestra imaginación. La cerrazón nos pone demasiados límites a nuestro parque, como hemos podido ver en una rotonda, donde la escultura de un labrador con su hazada al hombro pasa por un camino a cuyos bordes se alzan, pero no crecen, árboles de plástico. La cerrazón vive y se consuela del tiempo parado, de los instantes inválidos, de los momentos estériles.
La cerrazón nos impide reconocer que nuestra mente no se abre en consonancia con los favores de las artes, de la cultura y de una educación que nos sacuden tradiciones que nos anquilosan, que nos paralizan nuestros renovados esfuerzos y que nos hipotecan hasta nuestras conciliadoras miradas.
El confinamiento nos puede venir muy bien para remediar, “a tiempo abierto”, la andadura de los pasos perdidos en traicionar las bondades del planeta y malgastarlas derrochando todos sus dones.”

José María Barrionuevo Gil

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s